El último que llegó y el primero que se ha ido.
No éramos solo tres personas, sino que formábamos un buen equipo; algo que hoy por hoy resulta muy difícil de conseguir. Todas las decisiones eran unánimes (bueno, tampoco hay que exagerar), íbamos en bloque donde hiciera falta, confiábamos en el otro casi como en uno mismo.
Hoy he visto gente llorar al despedirse de Ernesto y a él cuando decía adiós. Yo no, quizás porque mis lágrimas ya no discurren como ríos, simplemente se han convertido en sombras de tristeza.
Como en las películas, estábamos en “guerra” y de repente, en plena acción, “uno de los nuestros” nos deja y entonces nos sentimos desamparados, inútiles y lo peor de todo, no sé qué jodido deber estúpido nos obliga a seguir adelante.
Hoy os diré la verdad del momento: este rincón del mundo nos odia, no pertenecemos a él y jamás seremos suyos; aquí, uno se siente en desventaja, desamparado, a merced de la sinrazón. Todo lo demás es poesía romántica o ganas de vender cuentos en las librerías.
Con los colegas, en plena "faina"
Al igual que los veteranos de una guerra fraticida que consiguen sobrevivir, cuando salgamos de aquí no volveremos a ser los mismos. Pero ese deber estúpido o ese interés personal, te empuja a que como un autómata, sigas “matayudando” en esta dura guerra.
17 de marzo de 2008. Celebrando el cumpleaños Ernesto
Remi, mi guardián favorito, al explicarle que quizás no le volverá a ver, me dice:
- ¿pero volverá?
- No sé, respondo yo.
- Esto es muy triste, pero el mundo no se acaba, continúa él.
Frase maldita que es como decir: “dios lo ha querido”, o bien, “hay que conformarse”
¡Y un carajo!, digo yo.

Y sin embargo, te queremos. Ernesto, comandante, hasta pronto.